Cuadernos de Viaje

Construir nuevas maneras de documentar la realidad con un objetivo: la erradicación del trabajo infantil.

Los hijos de Ayllu


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Un momento del rodaje del documental ‘Los hijos del Ayllu”

 

-A ver, ¿qué tenemos? Mmm… Lápices, ceras, folios ¡una pizarra! Sillas, mesas…

¿Querríais hacer una película con tan solo estas cositas?

Y cuando los niños de Huancayo (Perú) dijeron que sí, nos pusimos muy contentos. Porque mi compañera de proyecto, Natalia Pérez, y yo siempre hemos tenido claro que la gracia de estas películas está en hacerlas con tan pocos medios, en tratar de hacer magia con las cosas más sencillas, y los niños estaban dispuestos a ello, utilizarían estas cositas sencillas para revelar su mirada sobre el propio entorno y para expresar libremente, de viva voz o sobre el papel blanco, sus anhelos e inquietudes. Nosotros, como adultos, abrazamos su esfuerzo y tratamos de hacerlo crecer en la laboriosa postproducción que acontece después del taller, donde ordenamos y terminamos de dar sentido a las animaciones que también generamos con ellos.

Por otro lado, ambos teníamos claro que opinar sobre un asunto tan espinoso como el trabajo infantil en un país en el que a penas hemos estado nueve días era algo que había que abordar con prudencia para evitar caer en absurdos paternalismo fáciles. De modo que pensamos que lo más original sería mostrar cuánto pueden enseñarnos los chicos a nosotros, que el corto debía mostrar la sabiduría que encierran por sus experiencias, relacionadas con ocupaciones y habilidades que nosotros, como animalitos de ciudad, desconocemos. Así, Flor (grande) nos explica el valor curativo de una fruta que se llama tuna (y le doy gracias porque hasta la fecha creíamos que la tuna era solo una trasnochada hermandad de estudiantes universitarios); mientras que Flor (pequeña) nos habla de cultivos como el de esa especie de guisantes que son las alverjas o de los quinientos tipos de patatas que se cultivan en la zona.

Si en los pasillos de los colegios nuestros chicos hablan abiertamente de lo que cobra Cristiano Ronaldo al año, no estaría de más que esos mismo chicos conocieran que existen también realidades tan opuestas como la de José, el niño ladrillero que cobra un euro por cargar doscientos ladrillos; o la de Flor, una chica que corta hierba por la noche, va luego directamente al colegio sin dormir y aprovecha la hora del recreo para echar una cabezadita. Por eso, sería muy interesante que esta película, y otras similares, encuentren una ventana desde la que hacerse eco, para generar una conciencia que debería empezar a cultivarse desde la más temprana edad escolar.

Gracias, desde aquí, a todo el equipo de La Combi por haber hecho posible esta peliculita; y a los chicos de PDA, Mario Torrecillas y Natalia Pérez. A los niños de Huancayo no los olvidaremos. Siempre que nos suceda algo malo, tendremos una referencia en la memoria, esta referencia que nos ayudará a continuar el camino. Ellos, con sus sonrisas y su mirada, nos han enseñado una filosofía de vida para aprender y no olvidar. Claro que sí.

 

Los pescadores de lápices


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El equipo de ‘Los pescadores de lápices’

“Desde que comenzamos la investigación sabíamos que esta sería una experiencia de rodaje documental distinta. Sin dejar nunca de lado la objetividad entendíamos que los sentimientos entre personajes y nosotros creaban una reacción; encontramos miles de corazones que entre las necesidades y peligros de la zona donde se encuentran, siempre tienen las puertas abiertas.

Encantados con la creatividad y la responsabilidad social que encierra el proyecto Pescadores de Lápices  hallamos en La vereda de Palominito del norte de Colombia, una semilla que combate el trabajo infantil y que de seguir creciendo será clave en la construcción de un nuevo pensamiento en las mentalidades de los niños de poblaciones rurales.

Cada día en el que la cámara miraba inquisitiva qué hacían los personajes y bajo cuáles motivaciones, era un día mas para explorar el mundo de unos niños que luchan interna y externamente con sus deseos. De igual manera los docentes no dejan de sorprendernos por su resistencia ante una batalla que, según pudimos observar y registrar, no cesa de ser dura, difícil y prolongada.

Lo que convierte a esta en una batalla tan compleja tiene que ver con que la mayoría de los niños de la Institución Educativa Distrital de Palominito, tienen que trabajar. La “mayoría” parece algo exagerado, pensando en la población estudiantil que maneja una Institución, pero aunque triste, esta es una verdad. Tanto son los casos, que encontrar un personaje que guiara la historia represento una labor de investigación que buscaba paulatinamente un hilo conductor.

Para hallarlo nos centramos en el grupo de niños que se dedica a ayudar a los adultos en las labores de la pesca, recibiendo como recompensa algunos pequeños pescados que venden antes de ir al colegio. En un principio una niña llamada Adriana parecía ser aquel hilo conductor de un documental que retrata una situación que representa a niños de toda una verdea y en un contexto global a niños de toda Latinoamérica. Sin embargo, como es normal en un documental, descubrimos nuevos personajes en el camino.

Encontramos a Daniela, una niña pescadora más potencial. La cámara se convirtió en parte de su cotidianidad, es fuerte y carismática. Estamos seguros de que los espectadores entenderán sus motivaciones y verán en ella el reflejo de cada niño de Latinoamérica que debe debatir entre renunciar a su niñez y conseguir algo de dinero. Ver el proceso de tener que ir a trabajar y al mismo tiempo cumplir con las clases y seguir siendo una de las estudiantes más destacadas del salón fue sin duda maravilloso.

Acompañar a los ganadores del proyecto Pescadores de lápices a una sala de cine fue observar que es necesario que todos los niños miren a su niñez con la mirada que debe ser.”

Kelly Reyes, Yeiner Vargas, Katerin Osuna y Edwin Caicedo

 

Las voces pequeñas


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“Ahora que el rodaje y el taller en Guatemala ha llegado a su fin,podemos hacer valoración de esta aventura en la que nos hemos encontrado felizmente secuestradas las últimas semanas.Nos cuesta un poco recordar todas las advertencias con las que nos adentramos en el altiplano guatemalteco. Nos habían dicho que el lugar dónde íbamos era una región fuertemente castigada por las secuelas del conflicto armado, del que además estos días se ha juzgado a uno de sus líderes. Como consecuencia, nos encontraríamos con una población reservada, endurecida y cerrada en sí misma. Además, la timidez infantil, contra la que tendríamos que luchar para desarrollar nuestros talleres, tendría a menudo una alimentación pobre como causa añadida a toda esta dramática resaca histórica.

Por lo visto, pues, el reto de la vida en de Atitlán iba a ser tan grande como las dimensiones de su lago. Y si bien todo esto ha estado ahí, la verdad es que nuestras voces pequeñas han resultado ser inmensas. La propuesta de taller de documental para niños era nueva en Guatemala, y nos quedamos cortas si decimos que el recibimiento por parte de la Comunidad tuvo el entusiasmo de las primeras veces. Nunca antes la generosidad, el agradecimiento y la calidez se nos habían manifestado de manera tan explícita.

De estos niños hemos aprendido a volver a poner las cosas pequeñas de la vida en el lugar cabal que naturalmente tienen, y a desnudarlas de todos los artificios. Hemos, y valga la redundancia, refrescado la frescura, desenterrado viejos valores puntales y resucitado ciertas preguntas anestesiadas. Nos vamos pensando que las humildes herramientas comunicativas que hemos dejado en Atitlán son sólo una pequeña semilla que puede crecer como un árbol fuerte y robusto, del que estos 5 niños
y otros más en un futuro van a saber usar y repartir su oxígeno.

Algunos de los cortos que los niños han hecho durante el taller han despertado cierto sentido crítico y fueron ampliamente respaldados por la comunidad. Esta es la mayor recompensa. Nos vamos también con todo lo que hemos aprendido nosotras, de estas voces pequeñas tan grandes y de toda la comunidad, y esperamos saber plasmarlo en esta pieza documental coral que ya tiene tantas ganas de ver la luz.

¡Orejas y ojos abiertos para Las Voces Pequeñas!. Lina y Mariona “